Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Stetsko, coge enseguida un afilado sable y una escopeta y ven conmigo!
—¿Te vas? —le preguntó la señora Katerina.
—SÃ, esposa mÃa. Debo inspeccionar todos los lugares para cerciorarme de que todo está en orden.
—Me da miedo quedarme sola. Siento que me vence el sueño. ¿Y si vuelvo a soñar lo mismo? Ni siquiera estoy segura de que fuera un sueño. ¡ParecÃa todo tan real!
—La vieja se quedará contigo; además, en el zaguán y en el patio duermen los cosacos.
—La vieja ya está dormida y los cosacos no me ofrecen mucha confianza. ¡Escucha, señor Danilo! Enciérrame en la habitación y lleva la llave contigo. De ese modo, no tendré tanto miedo; en cuanto a los cosacos, ordénales que se acuesten delante de mi puerta.
—¡Asà lo haré! —dijo Danilo, quitando el polvo de su escopeta y echando pólvora en la cazoleta.
El fiel Stetsko estaba ya vestido con todo su equipo cosaco. Danilo se puso su gorro de piel de cordero, cerró la ventana, echó el cerrojo, dio vuelta a la llave y, pasando entre los cosacos dormidos, salió en silencio de la casa y se dirigió a las montañas.