Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka El cielo estaba libre de nubes casi en su totalidad. Una brisa fresca y suave se levantaba del Dniéper. De no haber sido por el lejano quejido de una gaviota, todo hubiera parecido mudo. De pronto, se oyó un susurro… Burulbash y su fiel sirviente se ocultaron en silencio detrás de los endrinos que cubrÃan uno de los lugares de observación. Alguien, vestido con un caftán rojo, armado de dos pistoletas y un sable que llevaba en el costado, descendÃa por la montaña.
¡Es mi suegro! —exclamó el señor Danilo, observándolo desde detrás de los arbustos—. ¿Adónde puede ir a estas horas? ¡Stetsko, no te distraigas! Abre bien los ojos y mira qué camino toma el señor padre. —El hombre del caftán rojo descendió hasta la orilla y giró en dirección al promontorio—. ¡Ah, mira adónde se dirige! —dijo el señor Danilo—. Qué dices Stetsko, se encamina a la guarida del brujo.
—¡SÃ, no puede ir a otro sitio, señor Danilo! De lo contrario, le habrÃamos visto salir por el otro lado. Ha desaparecido cerca del castillo.
—Vamos. Salgamos de aquà y sigamos sus huellas. Aquà hay gato encerrado. SÃ, Katerina, ya te decÃa yo que tu padre no era un hombre de bien. No se comportaba como un ortodoxo.