Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka El señor Danilo y su fiel sirviente llegaron al promontorio de la orilla; ya no era posible verlos; el impenetrable bosque que rodeaba el castillo los ocultaba. En el ventanuco superior brilló una pálida luz. Los cosacos se encontraban abajo y se preguntaban cómo hacer para subir hasta allí. No se veía puerta ni cancela. Seguramente en el patio había una entrada, pero ¿cómo penetrar por ella? En la lejanía se oía cómo gemían las cadenas y corrían los perros.
—No hay nada que pensar —exclamó el señor Danilo, viendo que junto a la ventana se alzaba un frondoso roble—. ¡Quédate ahí, muchacho! Yo voy a subir a ese árbol; desde allí podré mirar por la ventana.