Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka A continuación se quitó el cinturón, se desprendió del sable para que no hiciera ruido, se agarró de una rama y empezó a trepar. El ventanuco seguía iluminado. Danilo se sentó en una rama muy próxima a la ventana, se sujetó con una mano al árbol y se puso a observar; la habitación estaba iluminada, aunque no se veía en ella ni una sola vela; en las paredes había signos extraños y armas colgadas, todas muy singulares: ni los turcos, ni los crimeanos, ni los polacos, ni los cristianos, ni el glorioso pueblo sueco las usaban así. Bajo el techo, algunos murciélagos revoloteaban de un lado para otro, proyectando sus sombras sobre las paredes, las puertas y el suelo. De pronto la puerta se abrió sin ruido y un hombre, vestido con un caftán rojo, entró en la habitación y se dirigió hacia la mesa, cubierta con un mantel blanco. «¡Es él, es mi suegro!». El señor Danilo se agachó ligeramente y se apretó aún más contra el árbol.