Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Pero el viejo no se preocupó de mirar si alguien le espiaba por el ventanuco. Tenía un aspecto sombrío y malhumorado; arrancó el mantel que cubría la mesa y de pronto toda la estancia quedó tenuemente iluminada por una luz de un azul transparente. La otra luminosidad no se mezclaba con ella, sino que sus ondas, de color oro pálido, parecían zambullirse y hundirse como en un mar azul, formando vetas como las del mármol. En ese momento el brujo puso una olla sobre la mesa y empezó arrojar en su interior algunas hierbas.
El señor Danilo, que no perdía detalle, notó que el hombre no vestía ya el caftán rojo; ahora llevaba unos pantalones bombachos como los de los turcos, unas pistolas colgadas del cinto y un gorro muy extraño, cubierto de unas letras que no eran rusas ni polacas. Danilo miró su rostro, que empezó a transformarse: la nariz se alargó y se curvó sobre los labios; la boca, en un instante, se estiró hasta las orejas; un diente asomó por la boca y se torció hacia un lado: tenía ante él al mismo brujo que había aparecido en la boda celebrada en casa del esaúl. «¡Tu sueño decía la verdad, Katerina!», pensó Burulbash.