Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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El brujo se puso a dar vueltas alrededor de la mesa, mientras los signos de la pared cambiaban rápidamente y los murciélagos volaban más veloces, subiendo y bajando, yendo y viniendo. La luz azulada se fue haciendo cada vez más suave hasta que pareció apagarse del todo. La pieza se iluminó entonces con una suave luminosidad rosada. La extraña luz pareció difundirse por toda la estancia con una suerte de tintineo, pero de pronto desapareció, instaurándose la penumbra. Sólo se oía un ruido semejante al del viento en una hora serena de la tarde, cuando gira sobre el espejo de las ondas e inclina aún más los sauces sobre las aguas de plata. Al señor Danilo le pareció que en la habitación brillaba la luz de la luna, que se movían las estrellas, que el cielo azul oscuro refulgía de manera imprecisa e incluso que el fresco aire nocturno le golpeaba el rostro. También creyó ver el señor Danilo (llegados a este punto tuvo que tirarse del bigote para asegurarse de que no estaba soñando) que en el interior de la habitación no se dibujaba ya el cielo, sino su propio dormitorio: de la pared colgaban sus sables tártaros y turcos; más arriba estaban los anaqueles con la vajilla y los utensilios domésticos; sobre la mesa descansaban el pan y la sal; la cuna pendía del techo… Pero en lugar de los iconos aparecían unos rostros espantosos; sobre la yacija… pero de pronto una espesa niebla lo cubrió todo y se restableció la oscuridad. De nuevo, con un sonido extraño, esa luminosidad rosada iluminó toda la habitación, en cuyo centro, inmóvil, se encontraba el brujo, tocado de ese singular turbante. Los ruidos se hicieron más fuertes y frecuentes, la suave luz rosada se volvió más intensa, mientras una sustancia blanca, semejante a una nube, empezó a flotar en medio de la habitación; al señor Danilo le pareció que aquello no era una nube, sino una mujer. Pero ¿qué la conformaba? ¿Acaso estaba tejida de aire? ¿Cómo era posible que se mantuviera en pie, sin tocar el suelo y sin apoyarse en nada, y que a través de ella pasara la luz rosada y se viera la sucesión de los signos en la pared? De pronto su cabeza translúcida pareció moverse y sus ojos azules brillaron suavemente; sus cabellos ondulaban y caían sobre sus hombros como una niebla de color gris claro; sus labios adquirieron una pálida tonalidad escarlata, semejante al rubor del alba cuando se vierte, de modo apenas perceptible, a través del velo blanco y transparente del cielo matinal; las cejas eran una fina sombra… ¡Ah! ¡Era Katerina! En ese momento Danilo sintió que sus miembros se petrificaban; quiso decir algo, pero sus labios se movían sin proferir ningún sonido.


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