Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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El brujo seguía inmóvil en su lugar.

—¿Dónde has estado? —preguntó, y la figura que estaba ante él empezó a temblar.

—¡Oh! ¿Por qué me has llamado? —exclamó ésta con un suave gemido—. Me sentía tan alegre. Estaba en el lugar en el que nací y pasé los primeros quince años de mi vida. ¡Oh, qué a gusto me encontraba! ¡Qué verde y perfumado era el prado en el que jugaba de niña! ¡Las mismas flores silvestres, la misma casa, el mismo jardín! ¡Oh, cómo me abrazaba mi bondadosa madre! ¡Cuánto amor se leía en sus ojos! Me acariciaba, me besaba en los labios y en las mejillas, y arreglaba con un fino peine mi rubia trenza… ¡Padre! —y al pronunciar esa palabra miró fijamente al brujo con sus pálidos ojos—. ¿Por qué degollaste a mi madre?

El brujo la amenazó con el dedo.

—¿Acaso te he pedido que hables de ese tema? —y la belleza etérea tembló—. ¿Dónde has dejado a tu señora?

—Mi señora Katerina está dormida, y yo, aprovechando la ocasión, he ascendido por el aire y me he echado a volar. Hacía mucho tiempo que tenía ganas de ver a mi madre. De pronto volví a verme con quince años. Me sentía tan ligera como un pájaro. ¿Por qué me has llamado?


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