Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¿Recuerdas lo que te dije ayer? —preguntó el brujo con una voz tan baja que apenas se podÃan distinguir sus palabras.
—SÃ, lo recuerdo. ¡Pero cuánto darÃa por olvidarlo! ¡Pobre Katerina! Su alma sabe muchas cosas que ella misma desconoce.
«Es el alma de Katerina» —pensó el señor Danilo, sin moverse de su sitio.
—¡Arrepiéntete, padre! ¿No temes que después de cada uno de tus crÃmenes los muertos salgan de sus tumbas?
—¡Ya vuelves con lo mismo! —la interrumpió el brujo con voz amenazante—. Cumpliré mi voluntad y te obligaré a hacer lo que quiero. ¡Katerina me amará!
—¡No eres mi padre, eres un monstruo! —gimió ella—. ¡No, no te saldrás con la tuya! Es verdad que, gracias a tus conjuros impuros, eres capaz de invocar su alma y atormentarla, pero sólo Dios puede obligarla a hacer lo que se le antoje. No, mientras yo siga atada a su cuerpo, Katerina jamás cometerá un acto sacrÃlego. ¡Padre, el Juicio Final está cerca! Aunque no fueras mi padre, no podrÃas obligarme a engañar a mi amado y fiel esposo. Aunque mi marido me fuera infiel y yo no le amara, no le traicionarÃa, pues a Dios no le gustan las almas perjuras e infieles.