Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka En ese momento fijó sus ojos pálidos en la ventana junto a la que se encontraba el señor Danilo, y se quedó inmóvil.
—¿Qué miras? ¿A quién ves allí? —gritó el brujo.
La etérea Katerina tembló. Pero el señor Danilo había tenido tiempo de bajar a tierra y se dirigía ya con el fiel Stetsko a sus montañas. «¡Es terrible, es terrible!», se decía, sintiendo cierto temor en su corazón de cosaco; pronto atravesó el patio, donde dormían profundamente los cosacos, a excepción de uno, que montaba guardia y fumaba su pipa. Todo el cielo estaba sembrado de estrellas.
—¡Qué bien has hecho en despertarme! —dijo Katerina, frotándose los ojos con la manga bordada de su blusa y examinando de pies a cabeza a su marido, que no se apartaba de su lado—. ¡Qué sueño tan terrible he tenido! ¡Con qué dificultad respiraba mi pecho! ¡Uf! ¡Creí que iba a morir! ¿No seria tu sueño así? —y el señor Danilo le contó a su esposa todo lo que había visto.
—¿Cómo sabes todo eso, esposo mío? —preguntó Katerina, estupefacta—. Pero no, muchas de las cosas que me cuentas me son desconocidas. Yo no he soñado que mi padre mataba a mi madre ni tampoco he visto cadáveres. No, Danilo, no ha sido como tú me cuentas. ¡Ah, qué terrible es mi padre!