Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—No es extraño que no hayas visto muchas cosas. No sabes ni una décima parte de lo que sabe tu alma. ¿Sabes que tu padre es el anticristo? El año pasado, cuando me disponía a marchar con los polacos contra los crimeanos (en aquel entonces todavía mantenía buenas relaciones con ese pueblo infiel), el superior del monasterio de Bratsk, que era un hombre santo, esposa mía, me dijo que el anticristo posee la facultad de invocar el alma de cualquier persona, pues cuando dormimos, nuestra alma vaga a su voluntad, y vuela con los arcángeles cerca de la morada de Dios. El rostro de tu padre me disgustó desde la primera vez que lo vi. Si hubiera sabido que tenías un padre semejante, no me habría casado contigo; habría renunciado a ti y no habría dejado caer sobre mi conciencia el pecado de emparentar con el linaje del anticristo.

—¡Danilo! —exclamó Katerina, cubriéndose la cara con las manos y estallando en sollozos—. ¿Acaso soy culpable de algo ante ti? ¿Acaso te he engañado, amado esposo mío? ¿Qué he hecho para merecer tu cólera? ¿No te he servido fielmente? ¿He pronunciado algún reproche cuando te veía regresar ebrio de tus alegres francachelas? ¿Acaso no te he dado un hijo de negras cejas?

—No llores, Katerina. Ahora te conozco y no te abandonaré por nada del mundo. Todos los pecados caen sobre la conciencia de tu padre.


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