Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka El brujo baja por unos peldaños de piedra, entre troncos carbonizados, hasta llegar a una cueva excavada a gran profundidad. Entra en silencio, sin hacer rechinar la puerta, pone una olla sobre la mesa, cubierta con un mantel, y arroja en su interior, con sus largas manos, unas misteriosas hierbas; luego coge una jarra tallada en una madera extraña, la llena de agua y empieza a verterla al tiempo que mueve los labios y murmura algunos conjuros. En la pieza aparece una luz rosada; en ese momento, el rostro del brujo adquiere un aspecto terrible: parece ensangrentado y está surcado de profundas y negras arrugas; sus ojos brillan como fuego. ¡Qué impío pecador! Hace tiempo que su barba luce canas, las arrugas recorren su cara y todo su cuerpo está seco, pero aún sigue tramando designios sacrílegos. En medio de la pieza surge una nube blanca y un sentimiento parecido a la alegría se dibuja en la cara del brujo. Pero ¿por qué se queda de pronto inmóvil y con la boca abierta, sin atreverse a cambiar de postura? ¿Por qué sus cabellos se ponen de punta? En la nube ha surgido un rostro extraño. Ese rostro ha venido a visitarlo sin haber sido invitado ni invocado; cuanto más se aclara la imagen, más fija el brujo en ella sus ojos inmóviles. Sus rasgos, sus cejas, sus ojos, sus labios: todo le resulta desconocido. Jamás en su vida lo ha visto. Se diría que ese rostro no tiene nada de terrible, pero un invencible pavor se apodera del brujo. El rostro desconocido y extraño le mira con ojos inmóviles a través de la nube. Poco después la nube desaparece, pero los rasgos desconocidos se perfilan aún más, y los penetrantes ojos no se apartan de él. El brujo se queda pálido como un lienzo. Con una voz salvaje e irreconocible lanza un grito y vuelca la olla. Todo desaparece.