Las Veladas de Dikanka

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Entonces, en medio de la multitud atónita y aterrada, un hombre saltó sobre su caballo y, dirigiendo una mirada despavorida a su alrededor, como tratando de ver si alguien le perseguía, espoleó apresuradamente a su montura y se lanzó a todo galope. Era el brujo. ¿Por qué tenía tanto miedo? Al mirar atemorizado al extraño caballero, había reconocido el rostro que había aparecido, sin que él lo hubiera llamado, cuando se entregaba a sus conjuros. Sin comprender él mismo por qué esa visión le perturbaba tanto y sin dejar de mirar aterrorizado a su alrededor, cabalgó hasta que se hizo de noche y brillaron las estrellas. Entonces giró para dirigirse a su casa, quizás con intención de preguntar a las fuerzas impuras por el significado de ese prodigio. Se aprestaba ya a franquear con su caballo un estrecho río, que atravesaba el camino como una manga, cuando de pronto el caballo se detuvo en pleno galope, volvió el hocico hacia él y, ¡extraño prodigio!, se echó a reír. Dos hileras de blancos dientes centellearon espantosamente en la oscuridad. El brujo sintió que los cabellos se le ponían de punta. Profirió un grito salvaje, sollozó como un poseso y lanzó su caballo derecho sobre Kiev. Tenía la impresión de que todo cuanto le rodeaba le perseguía: los árboles de un sombrío bosque, como si estuvieran vivos, movían sus negras barbas y extendían sus largas ramas, tratando de ahogarlo; las estrellas parecían correr delante de él, mostrando a todo el mundo a aquel pecador; se diría que el mismo camino le perseguía. El desesperado brujo volaba hacia Kiev y sus santos lugares.


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