Las Veladas de Dikanka

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El jinete cogió al brujo con su terrible mano y lo levantó por los aires. El brujo murió al instante y, una vez muerto, abrió los ojos. Pero ya era un cadáver y como tal miraba: ni el vivo ni el resucitado tienen una mirada tan horrible. Dirigió a uno y otro lado sus ojos sin vida y vio cómo unos muertos, cuyos rostros se parecían al suyo como dos gotas de agua, se levantaban en Kiev, en la tierra de Galitzia y en los Cárpatos. Pálidos, muy pálidos, unos más altos, otros más huesudos, rodearon al jinete, que sostenía en la mano su horrible presa. El jinete, riéndose de nuevo, arrojó al brujo al abismo.

Todos los cadáveres se lanzaron detrás, cogieron al muerto y clavaron en él sus dientes. Uno de ellos, el más alto, el más terrible de todos, quiso levantarse, pero no pudo: no tenía fuerzas para hacerlo; tanto había crecido bajo tierra, que si se hubiera levantado, habría derribado los Cárpatos, Valaquia y el país de los turcos; sólo pudo moverse un poco, pero la tierra entera se vio sacudida por un temblor. Muchas casas se derrumbaron por doquier y numerosas personas murieron aplastadas.





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