Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka El brujo ya no sentía nada, ni siquiera miedo. Todo le parecía incierto. Sus oídos y su cabeza zumbaban como después de una borrachera; el panorama que se abría ante sus ojos se cubría como de una tela de araña. Tras saltar sobre su caballo, avanzó en línea recta hacia Kánev, pensando en atravesar Cherkasi, dirigirse a Crimea y unirse a los tártaros, aunque no sabía con qué objeto. Cabalgó un día y después otro, y Kánev no aparecía. No obstante, el camino era el correcto; hacía tiempo que debía haber llegado, pero Kánev seguía sin verse. En la lejanía brillaron las cúpulas de algunas iglesias; pero no era Kánev, sino Shumsk. El brujo se sorprendió al ver que estaba cabalgando en dirección contraria. Volvió grupas y se dirigió a Kiev; al cabo de un día apareció una ciudad; pero no era Kiev, sino Galich, una población aún más alejada de Kiev que Shumsk y ya próxima a Hungría. Sin saber qué hacer, volvió grupas una vez más, pero pronto advirtió que seguía avanzando en dirección contraria. Nadie en el mundo hubiera podido decir lo que experimentaba el alma del brujo, y aquel que se hubiera asomado a ella y hubiera visto lo que allí pasaba habría perdido el sueño y la risa para el resto de sus días. No era ira, miedo o cruel despecho lo que bullía en ella. No hay palabra en el mundo para describir ese sentimiento. Algo le quemaba por dentro y le consumía; hubiera querido aplastar el mundo entero con su caballo, coger la tierra que se extendía desde Kiev a Galich, con sus habitantes y todo lo demás, y arrojarla al fondo del Mar Negro. Pero no era la cólera lo que le empujaba a ello; ni él mismo sabía a qué se debía ese deseo. Todo su cuerpo empezó a temblar cuando aparecieron ante él los montes Cárpatos y el elevado Kriván, cubierto por una nube gris a modo de gorro, mientras su caballo seguía galopando y empezaba a ascender por las montañas. De pronto las nubes se desvanecieron y ante él apareció el jinete, con toda su temible majestad. El brujo trató de detenerse, tiró con todas sus fuerzas de las riendas; el caballo relinchaba de manera salvaje, erizaba las crines y galopaba hacia el jinete. En ese momento el brujo sintió que todo su cuerpo quedaba petrificado: el inmóvil jinete se removía, abría los ojos y, al ver que el brujo avanzaba hacia él, se echaba a reír. Esa risa salvaje se expandió como un trueno por las montañas y resonó en el corazón del brujo, sacudiendo hasta su fibra más profunda. Le pareció que un ser muy vigoroso se deslizaba en su interior, se adentraba en sus entrañas y golpeaba con un martillo su corazón y sus venas… ¡Tan espantoso era el eco de esa risa en su alma!