Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡No, no! Te burlas de mÃ, no me engañes… Veo cómo se abre tu boca y aparecen las blancas hileras de tus viejos dientes…
Y, lanzándose como un poseso sobre el santo ermitaño, lo mató.
Se oyó un profundo gemido que recorrió los campos y los bosques. Más allá de la espesura se alzaron unas manos enjutas y secas, con largas uñas, que se estremecieron y desaparecieron.