Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Más aún: me hice la promesa de acordarme siempre que estornudara en la ciudad. Todo fue en vano. Atravesé la ciudad, estornudé, me soné con el pañuelo, pero no me acordé de nada; cuando el asunto me vino de nuevo a la cabeza, estábamos ya a seis kilómetros de la barrera. Nada podÃa hacerse: tuve que imprimir la historia sin final. En cualquier caso, si alguien siente la imperiosa necesidad de saber la continuación de este relato, sólo tiene que llegarse hasta Gadiach y preguntar por Stepán Ivánovich. Él estará encantado de contársela y, en caso de que sea necesario, empezará por el principio. Vive muy cerca de la iglesia de piedra. Enseguida verán allà un callejón: no hay más que internarse en él y buscar la segunda o la tercera puerta. O mejor, hagan lo siguiente: busquen un patio con un gran poste y una codorniz y si ven que sale a recibirles una gruesa mujer vestida con una falda verde (no está de más saber que Stepán Ivánovich es soltero), no duden de que han llegado. También lo pueden encontrar en el mercado, donde suele estar todas las mañanas hasta las nueve; elige el pescado y la verdura para su mesa y charla con el padre Antip o el arrendatario judÃo. Lo reconoceréis enseguida, pues es el único que lleva pantalones de indiana estampados y chaqueta de nanquÃn amarilla. Les daré otro rasgo distintivo: al andar siempre agita los brazos. El difunto asesor del lugar, Denis Petróvich, cuando lo veÃa de lejos, decÃa: «¡Mirad, mirad, por ahà viene el molino de viento!».