Las Veladas de Dikanka

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Llegados a este punto no podemos dejar de mencionar un suceso que influyó en toda su vida. Uno de los alumnos que estaba a su cargo, tratando de ganarse la voluntad del repetidor para que escribiera en su boletín, scit, a pesar de que no sabía ni una palabra de la lección, llevó a la clase una torta untada de mantequilla y envuelta en un papel. Aunque Iván Fiódorovich siempre había dado pruebas de equidad, ese día tenía mucha hambre y no pudo resistir la tentación; cogió la torta, se ocultó detrás de un libro y empezó a comer. Tan ocupado estaba con el dulce, que ni siquiera advirtió que en la clase se había hecho de pronto un silencio de muerte. Sólo se recobró espantado cuando una mano terrible, emergiendo de un capote de paño, le agarró por una oreja y lo arrastró hasta el centro de la clase. «¡Dame esa torta! ¡Dámela te digo, canalla!», exclamó el terrible profesor, cogiendo con los dedos la grasienta torta y arrojándola por la ventana, después de prohibir severamente a los escolares que correteaban por el patio que la recogieran. A continuación golpeó con enorme fuerza las manos de Iván Fiódorovich. Y así tenía que ser: las culpables habían sido las manos y no ninguna otra parte del cuerpo, pues eran ellas las que habían cogido la torta. Fuera como fuese, desde ese día su acusada timidez aumentó todavía más. Tal vez ese suceso fuera la causa de que nunca mostrara deseos de ingresar en el servicio civil, viendo por experiencia que no siempre se puede ocultar lo que se hace.


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