Las Veladas de Dikanka

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No tardó en extenderse por los contornos la fama de Iván Fiódorovich, al que se reputaba como un gran amo. La tía estaba encantada con su sobrino y no desaprovechaba ninguna ocasión de alabarle. Un día —esto sucedió al final de la siega, es decir, a finales de julio— Vasilisa Káshporovna cogió a Iván Fiódorovich por el brazo con aire misterioso y le dijo que quería hablarle de un asunto que le preocupaba desde hacía mucho tiempo.

—Querido Iván Fiódorovich —empezó—, sabes muy bien que tu hacienda cuenta con dieciocho almas; eso según el censo, aunque en realidad esa cifra quizás pueda ascender a veinticuatro. Pero no se trata de eso. Ya conoces el bosquecillo que linda con nuestras tierras anegadizas y probablemente sabes que detrás de él se extiende una vasta pradera de no menos de veinte hectáreas. Produce hierba en tal cantidad que podría rentar cada año más de cien rublos, especialmente si, como dicen, se establece en Gadiach un regimiento de caballería.

—Claro que lo conozco, tía: esa hierba es muy buena.




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