Las Veladas de Dikanka

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No obstante, Iván Fiódorovich pasaba el día en los campos con los segadores y los guadañadores, lo que procuraba un goce inexplicable a su pacífica alma. El movimiento acompasado de una decena o más de brillantes hoces, el ruido de la hierba al abatirse en hileras regulares, las canciones que de vez en cuando entonaban los segadores, ya alegres como la llegada de un invitado, ya tristes como la separación; la tarde limpia y serena. ¡Y qué tarde! ¡Qué aire tan fresco y ligero! ¡Cómo revive entonces todo! La estepa se vuelve roja, azul y resplandece de flores; las codornices, las avutardas, las gaviotas, los grillos, los millares de insectos, con sus silbidos, sus zumbidos, sus chirridos y sus gritos se funden de pronto en un armonioso coro, sin conceder un solo instante de silencio. Mientras tanto, el sol se pone y desaparece. ¡Ah, qué aire más fresco y agradable! En el campo, aquí y allá, se encienden hogueras sobre las que se disponen calderos; en torno a ellos se sientan los bigotudos segadores; se eleva por el aire el vapor de las galushhas. El crepúsculo se vuelve grisáceo… No es fácil describir lo que sentía Iván Fiódorovich en esos momentos. Junto a los segadores se olvidaba de probar las galushkas, que tanto le gustaban, y se quedaba inmóvil en su sitio, siguiendo con los ojos el vuelo de una gaviota que se perdía en el cielo o contando las gavillas de trigo segado, que tapizaban los campos.


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