Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Permíteme que te haga una pregunta, tía: ¿no es el mismo Storchenko con el que trabé conocimiento en la parada de postas?
Y a continuación Iván Fiódorovich refirió su encuentro.
—¡Quién sabe! —respondió la tía, después de unos instantes de reflexión—. Tal vez no sea un canalla. En verdad, sólo lleva medio año entre nosotros, y en ese tiempo no es posible conocer a una persona. He oído que la vieja, su madre, es una mujer muy juiciosa; dicen que es toda una experta en salar pepinillos. Tiene criadas que le tejen excelentes tapices. Ya que dices que fue muy amable, deberías visitarlo. Tal vez el viejo pecador escuche la voz de su conciencia y te restituya lo que no le pertenece. Podrías ir en el coche, pero esos malditos muchachos han arrancado todos los clavos de la parte trasera. Habrá que decirle al cochero Omelka que ajuste bien el cuero por todas partes.
—¿Para qué, tía? Cogeré el carricoche que utiliza usted a veces para disparar a las aves.
Con esas palabras terminó la conversación.