Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Ya lo sabrás, Iván Fiódorovich, ya lo sabrás —dijo sonriendo la tÃa, al tiempo que pensaba: «Es aún muy joven. No sabe nada»—. ¡SÃ, Iván Fiódorovich! —prosiguió en voz alta—. En ninguna parte encontrarás una esposa mejor que MarÃa Grigórievna. Además, te ha gustado mucho. Ya he hablado con la viejecita del asunto y ha comentado que se alegrarÃa mucho de tenerte como yerno; es verdad que aún no sabemos lo que dirá ese pecador de Grigórievich. Pero no vamos a preocuparnos de él. Como se atreva a no darle dote, iremos a los tribunales…
En ese momento la calesa entró en el patio y los viejos jamelgos se animaron al presentir la proximidad de la cuadra.
—¡Escucha, Omelka! Antes de dar de beber a los caballos, déjalos que descansen un rato. Son unas bestias muy impetuosas. Bueno, Iván Fiódorovich —continuó la tÃa, mientras bajaba del carruaje—, te aconsejo que lo pienses bien. Yo tengo que entrar un momento en la cocina; he olvidado dar las órdenes para la cena y seguro que la inepta de Soloja no ha preparado nada.