Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka En este punto la conversación se interrumpió e Iván Fiódorovich ya no encontró ningún otro tema del que hablar.
Finalmente la dueña, la tía y la señorita morena regresaron. Después de charlar durante un rato, Vasilisa Káshporovna se despidió de la anciana y de las señoritas, sin atender sus insistentes demandas para que se quedaran a pasar la noche. La anciana y las señoritas acompañaron a los invitados hasta la entrada y estuvieron largo rato saludando a la tía y al sobrino, asomados a la calesa.
—¡Bueno, Iván Fiódorovich! ¿De qué hablaste con la señorita cuando os quedasteis solos? —le preguntó la tía por el camino.
—¡María Grigórievna es una muchacha muy modesta y formal! —dijo el sobrino.
—¡Escucha, Iván Fiódorovich! ¡Quiero hablar contigo seriamente! Gracias a Dios, tienes ya treinta y siete años. Has alcanzado una graduación elevada. ¡Es hora de que pienses en tener hijos! Necesitas imperiosamente una esposa…
—¡Pero tía! —gritó asustado Iván Fiódorovich—. ¡Una esposa! ¡Pero cómo! No, tía, hágame el favor… Me hace usted sentir una vergüenza espantosa… No he estado nunca casado… ¡No sé lo que hay que hacer!