Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Las señoritas y Vasilisa Káshporovna también se levantaron y todos se dirigieron a la habitación de las criadas. No obstante, la tÃa le hizo una señal a su sobrino para que se quedara y murmuró algunas palabras a la viejecita.
—¡Máshenka! —dijo la anciana, dirigiéndose a la señorita rubia—. Quédate con el invitado y habla con él para que no se aburra.
La señorita rubia se quedó y se acomodó en el sofá. Iván Fiódorovich se sentó en su silla como sobre alfileres, ruborizado y con los ojos bajos; pero la señorita no parecÃa advertir su turbación: seguÃa sentada en el sofá con aire indiferente, examinando con atención las ventanas y las paredes o siguiendo con la vista al gato, que se deslizaba temeroso bajo las sillas.
Iván Fiódorovich se animó un poco y trató de iniciar una conversación; pero parecÃa como si hubiera perdido todas las palabras por el camino. Ni un solo pensamiento le venÃa a la cabeza.
El silencio se prolongó durante casi un cuarto de hora. La señorita seguÃa sentada en la misma postura.
Finalmente Iván Fiódorovich se armó de valor:
—¡En verano hay muchas moscas, señorita! —exclamó con un ligero temblor en la voz.
—¡MuchÃsimas! —respondió la señorita—. Mi hermano ha fabricado un cazamoscas con un viejo zapato de mamá, pero aun asà hay muchas.