Las Veladas de Dikanka

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—En lo que respecta al alforfón, no puedo decirle: eso es asunto de Grigori Grigórievich. Hace ya mucho tiempo que no me ocupo de esas cosas; soy demasiado vieja para ello. En el pasado, aún me acuerdo, teníamos un alforfón que llegaba hasta la cintura. ¡Hoy es otra cosa! Aunque, según dicen, todo marcha ahora mejor —en ese momento la anciana suspiró. Cualquier observador habría percibido en ese suspiro un estertor del viejo siglo XVIII.

—He oído decir, señora, que sus criadas tejen unos tapices excelentes —dijo Vasilisa Káshporovna, tocando de ese modo la fibra más sensible de la anciana que, al oír esas palabras, pareció animarse y empezó a hablar profusamente del modo de teñir las madejas y de la manera de preparar el hilo para ese efecto. De los tapices, la conversación pasó a ocuparse de los pepinillos salados y de las peras secas. En una palabra, antes de que transcurriera una hora, las dos damas conversaban como si se conocieran desde hacía un siglo. Vasilisa Káshporovna se había puesto a hablar en voz tan baja que Iván Fiódorovich no conseguía oír nada.

—Si quiere usted verlo —preguntó la vieja dueña, poniéndose en pie.


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