Las Veladas de Dikanka

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A eso del mediodía Omelka, que había terminado de adecentar la calesa, sacó de la cuadra tres caballos apenas más jóvenes que el carruaje y empezó a atarlos por medio de una cuerda al majestuoso coche. Iván Fiódorovich y su tía, uno por el lado izquierdo y la otra por el derecho, subieron a la calesa y se pusieron en camino. Los campesinos con los que se cruzaban, al ver un carruaje tan rico (la tía rara vez viajaba en él) se detenían con aire respetuoso, se quitaban la gorra y hacían profundas reverencias. Al cabo de unas dos horas el coche se detuvo ante la entrada… No creo necesario decir que se trataba de la entrada de la mansión de Storchenko. Grigori Grigórievich no estaba en casa. La anciana y las señoritas recibieron a los huéspedes en el comedor. La tía se aproximó con paso majestuoso, avanzó un pie con mucha desenvoltura y dijo con voz sonora:

—Estoy muy contenta, señora mía, de tener el honor de presentarle personalmente mis respetos. Además, permítame expresarle mi agradecimiento por la acogida dispensada a mi sobrino Iván Fiódorovich, que tanto me ha ponderado. ¡Tiene un alforfón estupendo, señora! Lo he visto cuando nos acercábamos a la aldea. Permítame que le pregunte: ¿cuántas gavillas obtiene por cada hectárea?

A continuación, todos se besaron. Una vez que unos y otros estuvieron instalados en el salón, la vieja ama de la casa exclamó:


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