Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Lo que más le gustaba a mi abuelo era que cada dÃa pasaban unos cincuenta carreteros con sus carros. Era gente que habÃa visto mucho mundo. Cuando se ponÃan a contar, sólo habÃa que abrir bien las orejas. Y mi abuelo acogÃa esas historias como un hambriento unas galushhas. A veces se encontraba con viejos conocidos —a quién no conocÃa mi abuelo—, y ya saben ustedes lo que pasa cuando varios viejos se reúnen: tararÃ, tarará, que si en esa época, que si en la otra, que si pasó esto, que si pasó lo otro… Los recuerdos se desbordaban. ¡Dios sabe hasta qué época se remontaban!
Una vez —me acuerdo como si hubiera sucedido ayer—, el sol habÃa empezado a ponerse; mi abuelo paseaba por el melonar y quitaba las hojas con las que cubrÃa las sandÃas durante el dÃa para protegerlas del sol.
—¡Mira, Ostap! —le dije a mi hermano—. ¡Por ahà van unos carreteros!
—¿Dónde? —dijo el abuelo, que acababa de hacer una señal en un gran melón para que los muchachos no se lo comieran.
Por el camino avanzaban seis carros. A la cabeza iba un carretero con el bigote ya ceniciento. Cuando llegó —cómo decirles— a unos diez pasos, se detuvo.
—¡Hola, Maksim! ¡Mira dónde ha dispuesto Dios que nos encontremos!
El abuelo entornó los ojos.