Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Ah! ¡Hola, hola! ¿Qué te trae por aqu� ¿Está Boliachka contigo? ¡Hola, hola, hermano! ¡Pero diablos! ¡Si están todos! ¡Krutorischenko, Pecheritsa, Kovelek, Stetsko! ¡Hola!, ¡ja, ja, ja!, ¡jo, jo, jo! —y empezaron todos a besarse.
Desengancharon los bueyes y los dejaron pastar en la hierba. Los carros quedaron en el camino; los carreteros se sentaron en cÃrculo delante de la cabaña y encendieron sus pipas. Pero no era ese momento para pipas. Mientras charlaban y contaban sus historias, apenas tuvieron tiempo de fumar una. Después del mediodÃa, mi abuelo ofreció melones a los invitados. Cada uno cogió un melón y lo limpió con su cuchillo (eran todos carreteros experimentados, habÃan visto mucho mundo, sabÃan incluso comer en sociedad; ni siquiera les habrÃa importado sentarse a la mesa de un señor); una vez bien limpio, practicaron un agujero con el dedo, bebieron el zumo y empezaron a cortarlo en trozos y a llevárselo a la boca.
—Y bien, muchachos —dijo el abuelo—. ¿Qué hacéis ahà parados? ¡Bailad un poco, hijos de perra! ¿Dónde está tu caramillo? ¡Vamos, un baile cosaco! ¡Fomá, los puños en la cintura! ¡Muy bien! ¡AsÃ! ¡Jei!, ¡jop!