Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Yo era entonces un muchacho ágil. ¡Maldita vejez! Ahora ya no puedo moverme asÃ; en lugar de trazar giros, mis pies sólo tropiezan. Mi abuelo estuvo un buen rato sentado con los carreteros, mirando cómo bailábamos. Noté que sus pies no paraban en su sitio; parecÃa como si alguien tirara de ellos.
—Apuesto a que el viejo va a salir a bailar, Fomá —me dijo Ostap.
¿Y qué creen ustedes? Apenas habÃa tenido tiempo mi hermano de pronunciar esas palabras, cuando el viejo no pudo contenerse más. QuerÃa presumir un poco delante de los carreteros, ¿entienden?
—¡Mirad, hijos del diablo! ¿Ésa es manera de bailar? ¡Asà es como se baila! —dijo, poniéndose en pie, extendiendo los brazos y taconeando.