Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka A continuación mi abuelo se detuvo, sacó su tabaquera, vertió en el puño un poco de tabaco y ya se aprestaba a acercárselo a la nariz, cuando de pronto, por encima de su cabeza, se oyó un «achÃs». Alguien habÃa estornudado con tanta fuerza que los árboles se balancearon y la cara de mi abuelo quedó toda salpicada.
—¡PodÃas volverte del otro lado cuando tienes ganas de estornudar! —dijo mi abuelo, frotándose los ojos. Miró a su alrededor, pero no habÃa nadie—. ¡No, por lo visto al diablo no le gusta el tabaco! —continuó, guardándose la tabaquera y cogiendo la azada—. ¡Qué tonto es! ¡Un tabaco como éste no lo han olido ni su padre ni su abuelo!
Empezó a cavar; la tierra estaba blanda y la azada se hundÃa en ella sin esfuerzo. De pronto algo tintineó. Apartó la tierra y vio una olla.
—¡Ah, ahà estabas, amigo mÃo! —gritó el abuelo, metiendo por debajo la azada.
—¡Ah, ahà estabas, amigo mÃo! —pió un ave, picoteando la olla.
Mi abuelo se apartó y soltó la azada.
—¡Ah, ahà estabas, amigo mÃo! —baló una cabeza de cordero desde lo alto de un árbol.
—¡Ah, ahà estabas, amigo mÃo! —rugió un oso, asomando el hocico detrás de un tronco.
Mi abuelo se estremeció.