Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Vaya! ¡Cualquiera se atreve a pronunciar una palabra aquÃ! —dijo entre dientes.
—¡Cualquiera se atreve a pronunciar una palabra aquÃ! —pió el pico del ave.
—¡Cualquiera se atreve a pronunciar una palabra! —baló la cabeza de cordero.
—¡Cualquiera se atreve! —rugió el oso.
—¡Hum! —dijo asustado el abuelo.
—¡Hum! —pió el pico.
—¡Hum! —baló el cordero.
—¡Hum! —rugió el oso.
Lleno de terror, mi abuelo miró en torno suyo. ¡Dios mÃo, qué noche! Ni luna ni estrellas; a su alrededor sólo habÃa barrancos; bajo sus pies se extendÃa un abismo sin fondo; sobre su cabeza colgaba una montaña que amenazaba con derrumbarse sobre él. El abuelo tuvo la impresión de que, detrás de ella, asomaba una cara. ¡Uf, menuda cara! La nariz como el fuelle de una herrerÃa, con unos orificios nasales tan grandes que hubiera cabido un barreño de agua en cada uno de ellos; los labios, os lo juro, iguales a dos troncos; los ojos rojizos, salientes, miraban hacia arriba. Además, la cara sacaba la lengua y se burlaba.