Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—¡Mira lo que has hecho, mujer del diablo! —dijo el abuelo, secándose la cabeza con el faldón de la casaca—. ¡Me ha escaldado como a un cerdo en Nochebuena! ¡Bueno, muchachos, ahora tendréis con qué compraros roscas de pan! ¡Llevaréis caftanes de oro, hijos de perra! ¡Mirad, mirad lo que os traigo! —dijo el abuelo abriendo la olla.

¿Y qué creen ustedes que contenía? Bueno, por lo menos debía haber, si bien se piensa… ¿Qué? ¿Oro? Pues no, no había oro; el interior estaba repleto de basura, de porquerías… Da vergüenza decir lo que había allí. Mi abuelo escupió, arrojó la olla y fue a lavarse las manos.

Ese día nos hizo prometerle que jamás creeríamos al diablo.

—¡Ni se os ocurra siquiera! —nos decía a menudo—. Todo lo que os diga ese hijo de perra, ese enemigo del señor Jesucristo, es mentira. ¡En ninguna de sus palabras hay un kopek de verdad!

Y en cuanto se enteraba de que en alguna parte las cosas no estaban tranquilas, nos gritaba:

—¡Vamos, muchachos, a santiguaros! ¡Así! ¡Así! ¡Muy bien! —y él mismo hacía la señal de la cruz. En cuanto al lugar embrujado, en el que no había podido bailar, lo cerró con una cerca y nos ordenó tirar allí los desperdicios, las malas hierbas y la basura que sacaba del melonar.


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