Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka En ese caserío se presentaba con cierta frecuencia un hombre, o mejor dicho, un diablo con apariencia humana. Nadie sabía de dónde venía ni qué buscaba. Participaba en francachelas, se emborrachaba, luego desaparecía como si se lo hubiera tragado la tierra y no se oía hablar más de él. Poco después volvía a aparecer como caído del cielo y recorría las calles de la aldea, de la que ya no queda ni huella, pero que se alzaba a menos de cien pasos de Dikanka. En el camino se encontraba con varios cosacos, y entonces se oían carcajadas y canciones, resonaban las monedas y el vodka corría como agua… A veces cortejaba a hermosas muchachas y les regalaba tantas cintas, pendientes y collares que no había dónde meterlos. Es verdad que las hermosas muchachas vacilaban antes de aceptar los regalos: quién sabe, tal vez procedían de manos impuras. La tía de mi abuelo, que regentaba entonces una taberna en la carretera de Oposhniani, en donde solía organizar sus juergas Basavriuk —así se llamaba ese hombre diabólico—, decía justamente que por nada del mundo aceptaría un regalo suyo. Pero ¿cómo rechazarlo? Cuando fruncía sus pobladas cejas y miraba de reojo, todos se aterrorizaban y sentían ganas de salir corriendo; y cuando alguna muchacha aceptaba el regalo, a la noche siguiente recibía la visita de un amigo de los pantanos, con cuernos en la cabeza, que le apretaba el cuello si llevaba un collar, o le mordía el dedo si lucía una sortija o le tiraba de la trenza si adornaba su pelo con una cinta. ¡Al diablo con el regalo!, pensaba entonces la muchacha. Pero lo malo es que no había manera de desprenderse de él: si tiraban al agua el anillo o el collar diabólico, éste salía a la superficie y volvía por sí solo a las manos.