Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—Hace más de cien años —exclamó mi difunto abuelo—, nadie habría reconocido nuestra aldea: ¡era un caserío de lo más miserable! Una decena de pequeñas isbas[5], sin revoque ni apenas techumbre, dispersas aquí y allá en medio del campo. No había ni cercados ni cobertizos en los que guardar el ganado y el carro. Y eso en el caso de los ricos. ¡Había que ver cómo vivían los nuestros, los pobres! ¡Sus viviendas eran simples agujeros excavados en la tierra! Sólo por el humo podía adivinarse que allí habitaban criaturas de Dios. Os preguntaréis por qué vivían así. No se debía a la pobreza, ya que en aquella época casi todos los hombres participaban en las incursiones de los cosacos y obtenían en tierras extrañas no poco botín; más bien se debía a que no se sentía la necesidad de levantar una vivienda decente. En esos tiempos deambulaba por la zona toda clase de pueblos: ¡crimeanos, polacos, lituanos! A veces se reunían bandas para robar a sus propios hermanos. De todo se veía.







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