Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—Mi abuelo —¡que Dios lo tenga en su gloria! ¡Ojalá en el otro mundo sólo coma panecillos de trigo y buñuelos con semillas de amapola y miel!— tenía un enorme talento para contar historias. A veces, cuando se ponía a narrar algún suceso, daban ganas de pasarse el día entero escuchándolo, sin moverse del lugar. No era como esos charlatanes de hoy día que, cuando se ponen a soltar sus mentiras —y lo hacen con un lenguaje como si no hubieran comido en tres días—, le entran a uno ganas de coger la gorra y marcharse. Recuerdo como si fuera ayer una larga velada de invierno —mi difunta madre aún vivía— en que el hielo crujía en el patio y el estrecho cristal de nuestra jata estaba obstruido; ella estaba sentada ante la rueca y separaba con la mano un largo hilo, al tiempo que mecía la cuna con el pie y cantaba una canción que aún me parece estar oyendo. Un candil, temblando y oscilando como si se asustara de algo, iluminaba el interior de la jata. El huso zumbaba; los niños nos habíamos reunido en torno al abuelo, tan viejo que llevaba más de cinco años sin bajarse de la estufa. Pero ni siquiera las admirables historias que contaba sobre los tiempos antiguos, sobre las expediciones de los cosacos zaporogos, sobre los polacos, sobre los hechos memorables de Podkova, Poltora-Kozhuja y Sagaidachni atraían tanto nuestra atención como el relato de algún suceso extraordinario del pasado, que no podíamos oír sin que un escalofrío nos recorriera la espalda y los pelos se nos pusieran de punta. A veces el terror se apoderaba de tal modo de nosotros que a la caída de la tarde creíamos ver todo tipo de prodigios. Por la noche, cuando teníamos que salir de la jata por alguna razón, pensábamos que al volver encontrariamos a un ser de otro mundo en nuestra cama. ¡Que no me sea permitido narrar otra vez esta historia, si en ocasiones no llegué a tomar de lejos mi propia casaca enrollada en la cabecera por el diablo acurrucado! Pero lo más importante en los relatos de mi abuelo era que no había mentido en su vida y que todo lo que contaba había sucedido como él decía. Voy a relataros una de sus historias extraordinarias. Sé que hay no pocos sabihondos que emborronan cuartillas en los juzgados y leen incluso los edictos; a todos esos puedes darles un simple libro de horas que no comprenderán nada; no obstante, no tienen ningún reparo en reírse de tus palabras. Todo lo convierten en motivo de burla. ¡Qué incredulidad hay en el mundo! ¡Que Dios y la Virgen inmaculada me desamparen si miento! Es posible que no me creáis, pero en una ocasión mencioné a las brujas, y ¿qué creéis que pasó? ¡Apareció un calavera que no creía en su existencia! Gracias a Dios, he vivido muchos años en el mundo y he visto bastantes incrédulos a los que resultaba más fácil mentir en confesión que a nosotros aspirar tabaco; pues incluso ésos se santiguaban cuando se mencionaba a las brujas. Ojalá vean en sueños… pero dejémoslo ya. ¿Para qué hablar de esas gentes?


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