Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Alto! DÃgame primero qué es lo que está usted leyendo.
Reconozco que esa cuestión me cogió un poco por sorpresa.
—¿Cómo que qué estoy leyendo, Fomá Grigórievich? Es su relato, son sus propias palabras.
—¿Quién le ha dicho a usted que ésas son mis palabras?
—¿Acaso no basta con verlo aquà impreso? «Narrado por el sacristán de ***».
—¡Escúpale en la cabeza al que haya impreso esas palabras! ¡Miente ese hijo de perra! ¿Cómo voy a decir yo eso? ¡Debe faltarle un tornillo! Escuche, voy a contarle ahora mismo la historia.
Nos acercamos a la mesa y él dio comienzo a su narración.