Las Veladas de Dikanka

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Cuando se recobró, descolgó de la pared el látigo de su abuelo y ya se disponía a azotar la espalda del pobre Pietro, cuando apareció de pronto el hermano de Pidorka, Iván, un niño de seis años, que se agarró a sus piernas y gritó asustado: «¡Papá, papá! ¡No pegues a Pietro!». ¿Qué hacer? El padre no tenía el corazón de piedra. Devolvió el látigo a su sitio y sacó discretamente a Pietro de la casa. «Si vuelvo a verte en mi casa o simplemente junto a la ventana, Pietro, te quedarás sin tu negro bigote y, en cuanto a tu tupé, que ya da dos vueltas en torno a la oreja, que deje de llamarme Terenti Korzh si no te lo arranco de la coronilla». Tras pronunciar esas palabras, le propinó un puñetazo tan fuerte en la nuca que a Pietro se le nubló la vista y cayó al suelo. ¡Así acabaron los besos! La tristeza se abatió sobre nuestra pareja de tórtolos. Y para colmo, se extendió por la aldea el rumor de que Korzh recibía con regularidad la visita de un polaco con traje bordado de oro, bigotes, sable, espuelas y unos bolsillos que tintineaban como el saquito en el que nuestro sacristán Tarás recoge todos los días los donativos en la iglesia. Bueno, cuando alguien visita con frecuencia al padre de una muchacha de negras cejas ya se sabe la razón. Un día Pidorka, llorando desconsoladamente, cogió a Iván en brazos y le dijo: «¡Mi pequeño Iván, mi querido Iván! Vete en busca de Pietro, tesoro mío. Corre como flecha que parte del arco y cuéntaselo todo: dile que hubiera amado siempre sus ojos castaños y hubiera cubierto de besos su blanco rostro, pero mi destino no me lo permite. He empapado más de un pañuelo con mis ardientes lágrimas. La cabeza me da vueltas. Se me oprime el corazón. Y mi padre se comporta como mi enemigo. Me obliga a casarme con un polaco al que no amo. Dile que ya están preparando la celebración, pero que será una boda sin música: en lugar de los laúdes y los caramillos, se escuchará el canto de los sacristanes… No me levantaré para bailar con mi prometido; otros tendrán que llevarme. Mi morada será oscura, oscura, de madera de arce, y en lugar de chimenea habrá sobre ella una cruz».


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