Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Inmóvil y como petrificado escuchaba Pietro al inocente niño, que balbuceaba las palabras de Pidorka. «¡Y yo que me aprestaba, desdichado de mÃ, a ir a Crimea y TurquÃa para ganar oro en la guerra y venir con mis bienes a buscarte, hermosa mÃa! Pero nada de eso sucederá. Alguien nos ha echado un maleficio. También yo, querida mÃa, tendré mi boda, pero en ella no habrá sacristanes; en lugar de sacerdote el cuervo negro graznará sobre mi cabeza; los suaves campos serán mi morada; la nube gris será mi tejado; el águila arrancará a picotazos mis ojos castaños; la lluvia lavará mis huesos de cosaco y el viento los secará. Pero ¿qué estoy diciendo? ¿De quién, ante quién me quejo? Es Dios quien asà lo quiere. ¡Si hay que perecer, perezcamos!». Y se fue derecho a la taberna.