Las Veladas de Dikanka

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La tía de mi difunto abuelo se sorprendió no poco al ver a Pietro en la taberna, a una hora en que cualquier hombre de bien va a misa de mañana, y miró al muchacho con ojos desorbitados, como si acabara de despertarse, cuando éste pidió una jarra de aguardiente casi tan grande como medio cubo. Pero se equivocaba el pobre al querer ahogar sus penas en alcohol. El vodka le quemaba la lengua como una ortiga y le parecía más amargo que el ajenjo. Apartó la jarra y la dejó en el suelo. «¡Basta de lamentarse, cosaco!», dijo un hombre delante de él, con una tronante voz de bajo. Pietro se dio la vuelta: ¡era Basavriuk! ¡Puf! ¡Menuda jeta! Cabellos como cerdas, ojos de buey. «¡Yo sé lo que te falta: mira!». Y a continuación esbozó una sonrisa diabólica e hizo tintinear una bolsa de cuero que llevaba colgada del cinturón. Pietro se estremeció. «¡Je, je, je! ¡Mira cómo brillan!», bramaba Basavriuk, vertiendo las monedas de oro en la mano. «¡Je, je, je! ¡Mira cómo tintinean! ¡Y sólo te pediría una cosa a cambio de un montón de estos juguetes!». «¡Diablo!», gritó Pietro. «¡Dame eso! ¡Estoy dispuesto a todo!». Pietro y Basavriuk cerraron el trato con un apretón de manos. «Mira, Pietro, has elegido un buen momento: mañana es la noche de San Juan, la única del año en que florece el helecho. ¡No dejes pasar el momento! Te esperaré a media noche en el Barranco del Oso».


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