Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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No creo que las gallinas esperen con tanta impaciencia el momento en que la granjera les arroja el grano como Pietro aguardaba la llegada de la noche. A cada instante miraba si la sombra del árbol se había alargado, si el sol había enrojecido al descender sobre el horizonte y, cuanto más tiempo pasaba, más impaciente se sentía. ¡Qué largo era aquel día del Señor! ¿No habría perdido su fin en alguna parte? Por fin desapareció el sol. El cielo, que se había cubierto de púrpura en un lado, acabó también por palidecer. Comenzaba a refrescar en los campos. El día declinaba y llegaba la noche. ¡Por fin! Con el corazón a punto de estallarle en el pecho, Pietro se puso en camino y bajó con cuidado, a través de un espeso bosque, a una hondonada profunda conocida como Barranco del Oso. Basavriuk ya le estaba esperando. Todo estaba oscuro como boca de lobo. Cogidos de la mano, avanzaban por pantanos cenagosos, agarrándose de los tupidos endrinos y tropezando casi a cada paso. De pronto surgió ante ellos un paraje llano. Pietro miró a su alrededor. Nunca en su vida había visto ese lugar. Basavriuk también se detuvo.

—¿Ves esos tres montículos que se alzan delante de ti? En ellos crecerán flores de todas clases. Que las fuerzas sobrenaturales te libren de arrancar una sola. Pero en cuanto brote la flor del helecho, cógela y, pase lo que pase a tus espaldas, no te vuelvas.


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