Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Pietro iba a preguntarle alguna cosa… pero el otro ya había desaparecido. Se aproximó a los tres montículos. ¿Dónde estaban las flores? No se veía nada. A su alrededor no había más que negros arbustos de zarzas salvajes que lo cubrían todo con su espesor. De pronto brilló un relámpago en el cielo y ante él surgió una hilera de flores, todas extrañas, todas desconocidas; también distinguió las sencillas hojas del helecho. Pietro se quedó pensativo ante ellas, con los brazos en jarra.
—¿Qué tiene esto de extraordinario? Plantas como éstas puede uno verlas diez veces al día. ¿Dónde está el milagro? ¿No habrá querido burlarse de mí esa criatura diabólica?
En ese momento surgió un pequeño capullo rojo que se estremecía como si estuviera vivo. ¡En verdad era extraordinario! Se movía, aumentaba de tamaño y enrojecía como una brasa. Luego brilló una centella, se oyó una suave crepitación y la flor se abrió ante él como una llama, iluminando a todas las que había a su alrededor.