Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka «¡Es el momento!», pensó Pietro, y extendió el brazo. Pero en ese instante cientos de manos velludas se tendieron hacia la flor, mientras a sus espaldas algo se removía. Entornando los ojos, tiró del tallo y arrancó la flor. Todo quedó en silencio. Basavriuk apareció sentado sobre un tocón, lívido como un cadáver. No movía ni un dedo. Sus ojos estaban fijos en un punto que sólo él veía; su boca entreabierta no dejaba escapar una palabra. A su alrededor nada se movía. ¡Qué terrible era aquello!… De pronto se oyó un silbido; Pietro sintió que la sangre se le helaba en las venas. Le pareció que la hierba murmuraba, que las flores comenzaban a conversar entre ellas con una voz suave, semejante al tintineo de una campana de plata; los árboles retumbaban como si estuvieran lanzando injurias… En ese momento el rostro de Basavriuk se animó; sus ojos centellearon. «¡A duras penas has vuelto, bruja!», farfulló entre dientes. «Presta atención, Pietro, una bella muchacha va a aparecer ante ti. Haz todo lo que te ordene; de otro modo, estarás perdido para siempre». Así diciendo, apartó con un nudoso palo las ramas de un endrino y ante ellos apareció una pequeña isba levantada, como se dice, sobre patas de gallina[7]. Basavriuk golpeó la pared con el puño y ésta se tambaleó. Un enorme perro negro salió corriendo a su encuentro y, transformándose en un gato, se lanzó con un chillido sobre sus ojos. «¡No rabies, no rabies, vieja del demonio!», exclamó Basavriuk, acompañando su frase de una palabra que ningún hombre de bien podría escuchar sin taparse los oídos. En lugar del gato apareció una vieja con el rostro tan arrugado como una manzana asada y la espalda toda doblada. Su nariz formaba con el mentón un verdadero cascanueces. «¡Menuda beldad!», pensó Pietro, y un escalofrío recorrió su espalda. La bruja le arrancó la flor de las manos, se inclinó y pasó largo rato murmurando sobre ella, rociándola con cierto líquido. De su boca brotaban chispas; en sus labios había espuma. «¡Arrójala!», exclamó, entregándole la flor. Pietro le obedeció y, cosa extraña, la flor, en lugar de caer directamente al suelo, quedó un buen rato suspendida en la penumbra como una bola de fuego, flotando en el aire como una barca; finalmente empezó a descender poco a poco, hasta caer tan lejos de ellos que parecía una centella no más grande que una semilla de amapola. «¡Allí!», exclamó la vieja con voz sorda y ronca, mientras Basavriuk le entregaba una pala y le decía: «Cava aquí, Pietro. Verás tanto oro como ni tú ni Korzh habéis soñado nunca». Pietro se escupió en las manos, cogió la pala, apoyó el pie en ella y sacó un montón de tierra, luego un segundo, un tercero… ¡De pronto topó con algo duro!… La pala tintineó y se negó a seguir adelante. En ese momento sus ojos distinguieron claramente un pequeño cofre guarnecido de hierro. Quiso sacarlo con las manos, pero el cofre empezó a hundirse más y más en la tierra, al tiempo que se oían detrás de él risas que parecían más bien silbidos de serpientes. «No, no verás ese oro hasta que no me hayas procurado sangre humana», dijo la bruja, entregándole un niño de unos seis años, cubierto con una sábana blanca, e invitándole con un gesto a que le cortara la cabeza. Pietro se quedó petrificado. ¡Como si fuera poca cosa decapitar así sin más a un ser humano! ¡Y encima a un inocente niño! Furioso, tiró de la sábana que cubría su cabeza, ¿y qué es lo que vio? La cara del pequeño Iván. El pobre niño tenía los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza inclinada… Lleno de ira, Pietro sacó el cuchillo y se abalanzó sobre la vieja, dispuesto a acabar con ella…