Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Pietro durmió dos días y dos noches seguidos. El tercer día, cuando se despertó, pasó largo rato contemplando todos los rincones de la jata, pero no logró recordar nada: su memoria parecía el bolsillo de un viejo avaro, del que no se puede sacar ni un kopek. Cuando se estiró, oyó que algún objeto tintineaba a sus pies. Miró y vio dos sacos de oro. Sólo entonces, como a través de un sueño, recordó que había buscado un tesoro, que se había encontrado solo en el bosque, que había pasado mucho miedo… Pero no lograba comprender de qué modo y a qué precio había obtenido ese oro.
Cuando Korzh vio los sacos, se mostró mucho más amable. «¡Qué buen muchacho es ese Pietro! ¿Acaso no lo he querido siempre? ¿Acaso no lo he tratado como un hijo?», y el viejo le dedicó tales halagos que Pietro sintió deseos de llorar. Pidorka le contó entonces que unos gitanos de paso se habían llevado a Iván. Pero Pietro ni siquiera recordaba el rostro del muchacho. ¡Hasta tal punto había perturbado su entendimiento ese suceso diabólico y maldito! No había ninguna razón para demorar las cosas. Al polaco le dieron con la puerta en las narices y a continuación iniciaron los preparativos de la boda: se cocieron pasteles, se confeccionaron toallas y pañuelos, se trajo un barril de aguardiente; los recién casados se sentaron a la mesa; cortaron el pan; sonaron las bandurrias, los címbalos, los caramillos, las guitarras. Empezó la diversión.