Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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Las bodas de antaño no pueden compararse con las de ahora. Cuando la tía de mi abuelo nos hablaba de ellas, todos nos maravillábamos. Las muchachas, que llevaban elegantes adornos en la cabeza, compuestos de cintas amarillas, azules y rosas, coronadas por un galón de oro, finas blusas bordadas de seda roja en todas las costuras y guarnecidas de pequeñas estrellas de plata y botas de cordobán con altos tacones de hierro, avanzaban con ligeros pasos, como pavos reales, y luego se lanzaban como torbellinos a bailar la gorlitsa[8]. Las mujeres casadas, ataviadas con una toca en forma de barca, elaborada con brocado de oro en toda la parte superior y con una pequeña abertura en la nuca por la que asomaba una redecilla de oro, con dos pequeños cuernos del astracán más fino, uno por delante y otro por detrás, y un manto azul de la más bella seda, guarnecido de adornos encarnados, ponían los brazos en jarra con aire de importancia, salían una a una y marcaban rítmicamente el paso del hopak. Los muchachos, con altos gorros cosacos y casacas de paño fino ceñidas por cinturones bordados de plata, con la pipa entre los dientes, se deshacían en halagos ante ellas y les prodigaban toda suerte de piropos. Al ver a esos jóvenes, ni siquiera Korzh resistió la tentación de recordar los buenos tiempos. Con una bandurria en las manos, dando chupadas a la pipa y canturreando, el viejo, con una copa en la cabeza, ejecutó una danza rusa, estimulado por los fuertes gritos de los juerguistas.


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