Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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¡Qué cosas no inventan los jóvenes cuando están un poco achispados! Empezaron por disfrazarse. ¡Dios mío, no parecían personas! Aquellas máscaras nada tenían que ver con las que se estilan en las bodas de ahora. ¿Qué es lo que hacen en nuestros días los muchachos? Sólo se disfrazan de gitanos y moskales. No, en aquellos tiempos uno se vestía de judío, otro de diablo; empezaban besándose y terminaban tirándose de la trenza… ¡Dios mío! Daba tanta risa que había que agarrarse el vientre con las manos. Había algunos que lucían trajes tártaros o turcos que fulguraban como brasas… Y cuando se achispaban y empezaban a hacer bromas, aquello parecía el fin del mundo. La tía de mi difunto abuelo, que acudió en persona a esa boda, fue protagonista de una divertida anécdota: vestida para la ocasión con un ancho vestido tártaro, iba con una jarra en la mano y ofrecía de beber a los presentes. De pronto uno de ellos (Dios sabe qué le impulso a ello) le roció de vodka la parte trasera del vestido, mientras otro —una buena pieza, también— hacía saltar chispas con el eslabón y prendía fuego al vestido… Brotó la llama y la pobre tía, horrorizada, empezó a desvestirse a la vista de todos… Uno creía encontrarse en plena feria: la misma algarabía, las mismas carcajadas, el mismo estrépito. En una palabra, los viejos no recordaban haber visto nunca una boda tan alegre.


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