Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Pidorka y Pietro empezaron a vivir como grandes señores. No les faltaba de nada, todo relucía en la casa… Sin embargo, las gentes honradas sacudían la cabeza cuando veían su género de vida. «Del diablo no puede venir nada bueno», decían de manera unánime. «¿Quién sino el tentador del pueblo ortodoxo podía haberle procurado esa fortuna? ¿De dónde había sacado ese montón de oro? ¿Por qué el mismo día en que Pietro se había enriquecido Basavriuk había desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra?». ¡Para que luego digan que la gente inventa historias! En realidad, antes de que pasara un mes Pietro se había vuelto irreconocible. ¿Por qué? ¿Qué le había sucedido? Eso sólo Dios lo sabe. Se quedaba sentado en un mismo sitio y no decía una palabra a nadie. Se pasaba el tiempo pensando, como si tratara de recordar alguna cosa. Cuando Pidorka conseguía hacerle hablar, parecía como si de pronto se despertara; pronunciaba unas palabras e incluso se alegraba; pero cuando su mirada se topaba casualmente con las bolsas, gritaba: «¡Espera, espera, he olvidado algo!», y de nuevo se sumía en sus pensamientos, tratando de recordar. En ocasiones, cuando pasaba mucho rato sentado en un mismo lugar, tenía la impresión de que estaba a punto de recuperar el pasado… pero al poco tiempo todo volvía a marcharse. Se veía sentado en la taberna; alguien le traía vodka; el vodka le quemaba la garganta; el vodka le daba náuseas; alguien se acercaba a él, le daba una palmada en el hombro… pero en ese momento la escena se cubría de bruma. El sudor bañaba su rostro y el hombre, extenuado, se desplomaba sobre una silla.