Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Una magnificencia semejante reinaba un caluroso día de agosto de mil ochocientos… ochocientos… Sí, hará unos treinta años que sucedió aquello. El camino, a unos diez kilómetros de la pequeña aldea de Soróchintsi, era un hervidero de gentes venidas de todos los caseríos próximos y lejanos para participar en la feria. Desde el amanecer carros con sal y pescado habían formado una hilera interminable. Montañas de pucheros envueltos en paja avanzaban lentamente y parecían hastiados de su reclusión en la oscuridad; sólo en algún que otro punto una escudilla o un tarro vivamente coloreado emergía con aire jactancioso por encima de la paja trenzada y apilada sobre la carreta y atraía las miradas conmovidas de los adoradores del lujo. Muchos paseantes contemplaban con envidia al propietario de tales maravillas, un alfarero de elevada talla que con pasos lentos seguía su mercancía, cubriendo solícitamente con el odiado heno a sus petimetres y sus coquetas de arcilla.
