Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Adiós, Levko! —dijo Hanna, escrutando con mirada soñadora el sombrío bosque.
Una luna enorme, que parecía de fuego, empezó a recortarse majestuosa sobre la tierra. Sólo había emergido una mitad, pero ya inundaba el mundo entero con una luminosidad solemne. El estanque se cubrió de chispas. La sombra de los árboles comenzó a dibujarse con nitidez entre la oscura verdura.
—¡Adiós, Hanna! —oyó la muchacha a sus espaldas, al tiempo que alguien le daba un beso.
—¡Ya está aquí otra vez! —exclamó ella, dándose la vuelta; pero, al ver a su lado a un muchacho desconocido, se apartó.
—¡Adiós, Hanna! —se oyó de nuevo, y alguien volvió a besarla en la mejilla.
—¡Ya ha traído el diablo a otro! —dijo ella con enfado.
—¡Adiós, querida Hanna!
—¡Otro más!
—¡Adiós! ¡Adiós! ¡Adiós, Hanna! —y le llovieron besos por todas partes.
—¡Pero si hay toda una cuadrilla! —gritó Hanna, apartándose de una multitud de muchachos que se apresuraban a abrazarla a cada cual mejor—. ¿Cómo no se aburren de tanto besuqueo? ¡A lo que se ve, pronto no voy a poder salir de casa!