Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¿Y la bruja? —le interrumpió Hanna con voz temerosa, mirándole fijamente con los ojos llenos de lágrimas.
—¿La bruja? Las viejas aseguran que a partir de ese dÃa, las noches de luna llena, todas las ahogadas salen del agua y se reúnen en el jardÃn del centurión para calentarse bajo sus rayos, y que la hija de éste es su superiora. Una noche vio a su madrastra junto al estanque, cayó sobre ella y con un grito la arrastró hasta el rÃo. Pero la bruja no perdió la cabeza; una vez bajo el agua tomó la apariencia de una ahogada y gracias a esa estratagema escapó al látigo de verdes cañas que las otras habÃan trenzado para azotarla. Pero ¡quién va a creer a las mujeres! También cuentan que la muchacha convoca todas las noches a las ahogadas y las mira a los ojos, tratando de reconocer a la bruja; pero aún no lo ha conseguido. Y cuando cae en sus manos un hombre le obliga a adivinar quién es la bruja, bajo la amenaza de ahogarlo. ¡Eso es lo que cuentan las viejas, querida Halia!… El actual dueño de la casa quiere construir una fábrica de aguardiente en ese lugar, y con ese propósito ha hecho venir a un destilador… Pero oigo voces. Son nuestros amigos, que han terminado ya sus cánticos y vuelven a sus casas. ¡Adiós, Halia! Que duermas bien. Y no pienses en esas historias de mujeres.
Tras pronunciar esas palabras, la abrazó con más fuerza, la besó y se fue.