Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Ya veo que la gente tiene razón cuando dice que las muchachas están poseídas por un diablo que excita su curiosidad. Bueno, escucha. Hace mucho tiempo, corazón mío, vivía en esa casa un centurión de cosacos. Ese centurión tenía una hija, una hermosa muchacha blanca como la nieve, blanca como tu bello rostro. La mujer del centurión había muerto hacía mucho tiempo, y éste había decidido volver a casarse. «¿Seguirás queriéndome como antes, padre mío, cuando tengas otra mujer?». «¡Pues claro, hija mía! ¡Y te apretaré aún con más fuerza contra mi corazón! ¡Pues claro, hija mía! ¡Y te regalaré pendientes y collares aún más brillantes!». El centurión trajo a su joven esposa a la nueva casa. Era una muchacha muy bella. Tenía las mejillas sonrosadas y la tez blanca; pero dirigió una mirada tan terrible a la hijastra que ésta lanzó un grito al verla. Durante toda la jornada no salió una palabra de los labios de la severa madrastra. Llegó la noche; el centurión se retiró a su habitación con su joven esposa; la blanca señorita también se encerró en su cuarto. Sintiendo una inmensa amargura, se echó a llorar. Pero de pronto vio una terrible gata negra que avanzaba sigilosamente hacia ella; su pelo llameaba y sus garras de hierro resonaban en el suelo. Aterrorizada, la muchacha se subió al banco; la gata la siguió. La joven saltó entonces sobre el camastro, pero la gata fue tras ella y, arrojándose de pronto sobre su cuello, trató de ahogarla. Con un grito la apartó de sí y la arrojó al suelo; pero la terrible gata empezó a avanzar de nuevo hacia ella. La angustia se apoderó de la joven. De la pared colgaba el sable de su padre. La muchacha lo cogió y descargó un golpe sobre la gata. Una pata, con su garra de hierro, se desprendió del cuerpo y la gata desapareció con un chillido por un rincón oscuro. Al día siguiente, la joven esposa no abandonó su habitación en toda la jornada. Cuando reapareció, al cabo de tres días, llevaba una mano vendada. La pobre señorita adivinó que su madrastra era una bruja y que ella le había cortado la mano. Al cuarto día el centurión ordenó a su hija que fuera por agua y que barriera la casa, como si fuera una simple sirvienta, y le prohibió que entrara en los aposentos de los amos. Esas palabras causaron un gran pesar a la muchacha, pero no tenía más remedio que obedecer las órdenes de su padre. Al quinto día el centurión echó a su hija de la casa, descalza y sin entregarle siquiera un pedazo de pan para el camino. Sólo entonces la muchacha estalló en sollozos y se cubrió el blanco rostro con las manos: «¡Has conseguido perder a tu pobre hija, padre mío! ¡Tu alma pecadora se ha condenado por culpa de esa bruja! Que Dios te perdone. En cuanto a mí, desdichada, está escrito que no debo seguir viviendo». Mira ahí… —dijo Levko volviéndose hacia Hanna y señalándole con el dedo la vieja mansión—. Mirá ahí: más allá de la casa está la parte más escarpada de la orilla. Desde allí se arrojó al río la muchacha, desapareciendo para siempre de este mundo…