Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Cuéntamela, cuéntamela, mi querido muchacho de negras cejas! —exclamó Hanna, apretando su rostro contra la mejilla de Levko y abrazándolo—. ¡No! Ya veo que no me amas y que tienes otra muchacha. No me asustaré y dormiré tranquila toda la noche. Pero si no me la cuentas, no podré conciliar el sueño. No dejaré de atormentarme y de pensar… ¡Cuéntamela, Levko!…